diciembre 03, 2009

Crónica de la caida de la casa Santista

Lo visité dos veces. En ambas ocasiones me fue imposible no contagiarme de la euforia y pasión contenida en cada uno de los asistentes. Definitivamente, no se trataba del estadio mas imponente del mundo, sus paredes no proyectaban una mayor inversión, ni lo último en tecnología, no eran las mejores instalaciones, tampoco el de mayor capacidad. Pero si contaba con la mejor afición, con un pueblo que lo aceptó como era, y que le agradeció que fuera su hogar durante más de cuarenta años. El estadio corona fue la casa del equipo del Santos Laguna. Testigo de innumerables eventos, pañuelo de lágrimas ante la tristeza ocasionada por una derrota, albergue de alegrías producto de los triunfos más significativos, cuna de aficiones de todas las edades, que cada 15 días se enfilaban para mostrar su apoyo; colores verdes y blancos… Hoy por hoy, en cada uno de los rincones del Corona, se guardaron infinidad de historias imposibles de descifrar una por una, pero que los laguneros guardan con orgullo.

El corazón del Corona latió por última vez el domingo 1ero de noviembre, cuando, durante el partido disputado contra el Pumas de la Universidad Autónoma de México, al grito unísono de “¡Gooool!” se cerró un ciclo en la historia del fútbol lagunero. Dicho partido llega a su fin, y las luces del estadio son apagadas a manera de honor, para no volver a prender más. Menos de 24 horas después, el lunes 2 de noviembre, con cientos de testigos que proyectan melancolía, los muros empiezan a ser derrumbados con la ayuda de fuertes máquinas que podrán tumbar grandes toneladas de piedras, pero nunca podrán con los recuerdos. Sabemos que ahora, la afición lagunera contará con un nuevo hogar, lleno de tecnología y elementos de mejor calidad que con los que contaba su antigua casa. Sin embargo, la historia no se calla, y uno nunca olvida sus orígenes. Aquel lugar, nido del equipo, donde se vio nacer al Santos, donde tantas veces lo vieron caer y estar a tan poco del descenso, pero también, donde tuvieron la satisfacción de verlo levantarse campeón en tres ocasiones.

Jueves 7 de noviembre. A estas horas del día, las taquillas estarían empezando a vender los boletos para el juego del domingo. Sin embargo, alrededor de mí, la estampa es muy diferente. Ya no hay filas de gente que busca un espacio, tampoco están los típicos revendedores dándose más de una vuelta para obtener decenas de boletos que después darán al doble de precio, triple, si es un buen juego. No hay nada de eso. Sólo máquinas trabajando, un estadio partido por la mitad. Una imagen desoladora, fría, que no me devuelve ni por poco, lo que apenas el domingo ofrecía. Los alrededores están solos, ajenos a lo que antes era. Ya no se escuchará, nunca más, el constante grito de apoyo al Santos, los ofrecimientos de los vendedores, que te otorgaban las facilidades para obtener la playera de tu equipo, que saciaban tu sed y tu hambre. Ya no se escuchará más el grito eufórico de las porras que vienen haciendo caravana desde lugares lejanos. Ahora sólo queda guardar en la memoria cada uno de esos momentos, y no soltarlos nunca.

Fue realmente impresionante bajarme del camión Aviación, y no ver nada. Por lo común, al llegar a la glorieta, ya se alcanzaba a dibujar la imagen del estadio. Extraña la sensación de que algo faltaba. Y ahora me imagino, si así me siento yo, que no eran ni mis rumbos, ni mi equipo, ¿Cómo se sentirá la gente que cada quince días visitaba el lugar? El frío alcanza el corazón ante la ausencia del sitio donde se dieron tantas vivencias, pero lo apacigua el calor que produce traer a la memoria tan buenos recuerdos. El estadio se fue, como se van jugadores, como se acaban torneos, como todo en la vida, son ciclos que se cierran. Pero, la voz de la gente siempre tendrá una misma entonación, y en cada grito seguirá dando el alma por sus colores. Por su gente. Porque simple y sencillamente: Un guerrero nunca muere.

1 comentario:

ogg dijo...

¡¡¡Buenísimo!!! Una forma diferente de hacer comentarios sobre un suceso netamente deportivo que afectó a una comunidad, a un pueblo, a una afición. La vida sigue, la historia queda, a nosotros nos toca no dejarla en el olvido. FELICIDADES.