diciembre 03, 2009

Olor a zempasuchitl...


La calle Madero es una larga avenida que cruza el centro de la población de Maravatío Michoacán. La mayoría del tiempo se encuentra vacía, sólo algunos autos o un par de transeúntes perdidos hacen acto de presencia de vez en cuando. Sin embargo, cuando el calendario marca el dos de noviembre, todo esto cambia por un motivo esencial: Dicha avenida es la llegada al panteón municipal. Es la vía que yo empleé para lograr mi cometido del día y poder visitar a mis amigos difuntos.
El reloj marcaba ya las 12 del medio día. Había decidido salir de casa a tempranas horas puesto que sabía lo que me esperaba. Tuve que estacionar mi carro varias calles antes, era imposible seguir avanzando. Cientos de fieles se enfilaban ya con rumbo al camposanto cargando con ellos varios ramos de flores y comida.
Tras varios minutos comencé mi camino a pies. La gente se amotinaba y todos buscaban de manera desesperada el poder poner por lo menos un pie en las instalaciones donde guardaban a sus muertos. El trayecto en sí, no era largo, pero las decenas de puestos que invadían carreteras y aceras lo hacían muy pesado.
La amiga no invitada pero siempre presente, la bendita mercadotecnia, resplandecía con todas sus luces por todos lados. Ahí se vendía desde lo más común y necesario para el día, como la flor y las cubetas para regar, hasta lo inimaginable, aquello que es lo último que piensas encontrar en un panteón. Artesanías, juguetes, trastes para cocina, artículos extraños que sólo me hacían pensar que así es el ser humano. Nunca desaprovecha una oportunidad. Y ahí vamos, a donde sabemos que podemos ganarnos el pan del día con la vendimia.
Sobre esta situación iba yo meditando, cuando me metí de nuevo al contexto. Llevar flores a las tumbas de mis amigos sería buena idea. Tardé bastante en decidirme en cuál puesto comprar. En mi mente gritaban los consejos de mi sabio padre: “No compres en el primer, compara precios, no te apresures, regatea”. Al final, supuse que no tendría tiempo para todas estas actividades así que me guíe por el deseo de ayudar a alguien. Escogí el puesto que me pareció era el que menos había vendido. Obviamente esto fue difícil, porque independientemente de las ventas, todos contaban con grandes cantidades de enormes racimos. Pero ahí estaba una señora, con una larga manta tendida en el suelo, sobre la cual se dibujaban flores de diferentes tipos, su rostro amable me hizo acercarme con más confianza, y pregunté el precio. 20 pesos no me sonaron descabellados, así que compré dos. Uno para la tumba del buen Jesús y otro para la tumba de Alejandro.
La entrada al panteón siempre ha sido por una puerta muy estrecha, lo que dificulta bastante las cosas. Todos los años dividen la puerta en dos con un largo lazo que nos guía a través del pasillo, pasando por las capillas hasta adentrarnos al enorme terreno donde se localizan las tumbas. Por un lado entra la gente, por el otro sale. Me posicioné en mi fila y fui víctima de muchos empujones y golpes, pero al final salí viva.
No hay otro día que el camposanto se vea con tanta vida y color. Las tumbas se encuentras en hileras y columnas, formando un cuadro donde yo calculé unas doscientas tumbas por lado. Cada una de ellas estaba repleta de enormes ramos de flores y mucha gente estaba a su lado, ya comiendo, ya rezando, ya bebiendo, ya simplemente conversando. Todos se esmeraban por hacer lucir el lugar donde habitan sus difuntos un lugar agradable. Esa era ahora mi tarea y no perdí el tiempo. Ya sabía a donde debía dirigirme para dar con los nichos de mis amigos, así que empecé a caminar.
Como a la mitad del panteón me encontré con que había misa. Se había adecuado en el pasillo central un altar donde el padre celebraba el sagrado sacramente de la iglesia, teniendo por testigos participantes a cientos de personas, que con fe se dedicaban a contestar los rezos y cantar. Cuando llegué apenas y comenzaban, pensé seriamente en quedarme y escuchar lo que el padre comentaba, sin embargo, no contaba con mucho tiempo y tenía que trabajar.
Llegué rápidamente a la tumba de Jesús, y descubrí con sorpresa que aún se escuchaban la misa. Eso me alegro, no porque quisiera escucharla, sino porque no me sentiría tan sola. Además fue bueno, una señora se encargó de darle lectura a la Biblia, y sus reflexiones me hicieron suspirar.
La muerte, el tema principal del día. ¿Por qué temer que nos alcancé? ¿Por qué sufrir tanto ante la muerte de un ser querido? No era más que el inicio de una vida eterna. No era más que un paso más en la eternidad, que ya de por sí es larga. Me concentré en estos pensamientos e intenté no divagar por mi bien, porque el tema de la muerte nunca lo he sabido manejar. Y creo que estar enfrente de las tumbas de los que en vida fueran mis mejores amigos tampoco sirvió de mucho. Pero no era tiempo de porqués. A final de cuentas, durante mucho tiempo me había cansado de preguntar y las respuestas básicamente eran las mismas, coincidían en todo, hasta en el hecho de que ninguna, nunca, me convenció.
Deje las flores encima de la tumba del buen Jes porque en los lugares destinados para colocarlas ya no había lugar. Creo que ya era tarde, porque ambas tumbas ya estaban limpias y tapizadas. Les hice espacio como pude y me quedé más de diez minutos sin saber que hacer. Sinceramente por un momento me pareció tonto. ¿Qué se hace en un panteón? Aparte, claro, de la conocida costumbre de dejar flores y comer. Pero, pese a lo que todo el mundo, yo no sentía en realidad esa conexión que me indica que estoy “conviviendo” con alguien. No lo sentí, y me molesto. Porque de todas las veces que he visitado el panteón, esta fue la primera en que me sentí tan vacía. Supongo que las cosas cambian.
Decepcionada, abandone el lugar, ya no tenía nada más que hacer. Sin embargo, me dio mucho gusto darme cuenta de que era la única persona en esta situación. A mi alrededor, la gente parecía contenta, satisfecha con el hecho de traer a sus difuntos con recuerdos, de hacerse sentir bien con el hecho de estar haciendo algo por ellos, a pesar de que ya no estén físicamente en este mundo. Se reflejaba en su rostro, la infinita fe de creer que los muertos también están felices. Felices de que después de días, meses o años sus seres queridos los siguen recordando, y empleaban este día para ellos. Sólo para ellos.

1 comentario:

ogg dijo...

Buen punto de vista desde la propia perspectiva del autor, se reflejan sentimientos y se comparten sentires y reflexiones.